Señor Bueno

9 05 2009

Me despierto, y permanezco unos minutos con los ojos cerrados, dando gracias por haberme despertado. Me siento con cuidado en el borde de la cama, y me levanto con ayuda de la mesilla. Orino, me lavo la cara. Mis manos temblorosas, arrugadas, apenas pueden enhebrar los cordones, pero todavía estoy bien. Me pongo la sudadera del Stadium, y bajo a desayunar.

En el autobus permanezco de pie, dejando sitio a una embarazada con más varices que yo. Bajo del 30 y entro en el recinto. Saludo al portero, que comenta el fútbol con otro. Camino con cuidado por la acera, dejo que mis dedos rocen los setos. Llego a la cafetería, y siento mucha agitación. Unas chicas están ajetreadas, sirven pastas en platos de plástico. Las saludo, les pido una palmerita, intento ayudar, pero siguen a lo suyo. Subo las escaleras y me voy al salón.

La inmensa vitrina de premios me devuelve una cara hinchada, con los ojos rojos de tanto llorar por mi mujer y mi hijo. Los sillones están mirando al otro lado, hay un escenario con cuatro sillas. Me siento en mi sillón, con el mismo estampado del sofá que compró mi mujer, y observo el escenario. Permanezco quieto, muy quieto, siento pasar los minutos, pero sigo quieto.

Al rato vienen un chico y una chica, unos veinte años. Me saludan sin mirarme, y estudian el escenario. Hablan algo de invitados, de discursos. La chica se sienta detrás del micrófono, y lee en silencio. El chico se sienta en primera fila del público, con los pies en el escenario. Los siento nerviosos. Me acerco, no sé cómo romper el hielo, les recito un poema, y otro. Sonríen, pero por dentro tratan de huir. Es el poema que le escribí a mi mujer, lo leí en su funeral. Parece que se acercan un poco, hablo de mí, ya que ellos no hablan.

Alguien trata de abrir la puerta, los jóvenes van a abrir. Son compañeros suyos, se van a ayudarlos. Me invitan a quedarme a la conferencia, no sé de qué es pero agradezco el gesto. Vuelvo a mi sillón, y al rato vuelven otros dos. Miran las botellas, comprueban todo, y el salón de empieza a llenar de jóvenes, de juventud y alegría. Risas y vitalidad. Hablan cinco personas desde el escenario, pero no puedo oírlas bien, algo de unas jornadas de la Universidad. Me oculto en mi sillón, que no me vean dormir.

Van a la cafetería, comen, beben y ríen. Me acerco a ellos, les cuento un chiste, algunos se ríen. Vuelven al salón, y yo llego un poco después. Hablan otros, y más tiempo. Trato de atender, son periodistas, nunca me gustó el periodismo. Pero me han invitado, y tengo que aguantar. Mi vejiga no puede más, y tengo que irme. Me despido, le doy la mano al hombre que está hablando, y me voy.

Salgo y veo más jóvenes, están sentado en la ventana, bebiendo y ríendo al sol. Los miro con cierta envidia, y me voy a la residencia. Sorbo la sopa en silencio, los demás me miran extrañados, pero me siento diferente. Recuerdo los años dorados, con mi mujer y mi hijo. Aquellas tardes en el barrio, aquellos veranos en el lago del pueblo. Vuelvo a ver sus caras, vuelvo a oír sus voces. Unas gotas caen sobre la sopa, algo fresco sobre tanto calor. Envidio su juventud, y envidio su despreocupación. Me echo la siesta, juego al mus, ceno y me voy a mi habitación. Rezo por mi mujer y por mi hijo, y me tapo con la manta. Cierro los ojos y todavía veo las risas. Con lágrimas en los ojos me duermo, feliz.

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2 responses

12 05 2009
marinahsk

Un punto totalmente diferente de las jornadas.
SImplemente me ha encantado

13 05 2009
correcaminosmigmig

joder, precioso

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